filosofia asturias Pedro Caravia Hevia

Los debates de La Nueva España
Mañana se cumplen cien años del nacimiento en Gijón de Pedro Caravia, catedrático de Filosofía que ejerció su magisterio fundamentalmente en el Instituto Alfonso II de Oviedo y, más allá de las aulas, en toda la ciudad y en el conjunto de Asturias. Tres alumnos de don Pedro y uno de sus amigos y colaboradores más estrechos recordaron ayer para La Nueva España su figura y valoraron la dimensión de su inmensa obra como pedagogo y maestro de pensamiento.
Don Pedro, maestro de pensamiento

Mañana se cumplen cien años del nacimiento de Caravia, catedrático de Filosofía y cultivador de lo mejor de cada uno de sus discípulos como ahora reconocen y recuerdan.
Ejercía su magisterio en el aula y en cualquier sitio donde estuviese
Siempre sufrió el sambenito de haber sido discípulo de Ortega
Gustavo Bueno Sánchez, Profesor titular de Filosofía de la Universidad de Oviedo, alumno de Caravia en el Instituto ovetense Alfonso II.
Marino Pérez, Catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo, alumno de Caravia en el Instituto ovetense Alfonso II.
Franck Menéndez, Profesor, fundador de la Escuela de Turismo y de la Alianza Francesa.
Leopoldo Tolivar, Catedrático de Derecho de la Universidad de Oviedo, alumno de Caravia en el Instituto ovetense Alfonso II.

Oviedo, Javier NEIRA

El debate se celebró en Oviedo, en el hotel Ramiro I.

—FRANCK MENÉNDEZ. Traté mucho a don Pedro. En la Alianza, en su casa, en muchos sitios. Lo conocí en la tertulia de la cafetería California. Después, en la Alianza.

—GUSTAVO BUENO. Don Luis Ruiz de la Peña, que era profesor de música, nos llevaba una vez al año al California como premio, a comer una tostada...

—FRANCK MENÉNDEZ. En la Alianza vivimos muchísimas anécdotas.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Siempre lo llamábamos don Pedro. Y él siempre nos trataba de usted a los alumnos.

—FRANCK MENÉNDEZ. Pasé temporadas en su casa de Gobiendes y siempre lo trate de don y él siempre a mí de usted.

—MARINO PÉREZ. De usted, pero como deferencia incluso, no era distante.

—GUSTAVO BUENO. Éramos chavales de sexto curso y de COU.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Era muy distinto de otros profesores en su relación con los alumnos. Decía que el COU era una de las pocas buenas ideas, o la única, del franquismo tardío.

—GUSTAVO BUENO. Era el llamado COU experimental. En realidad, no teníamos ni aula, dábamos clase en la biblioteca.

—FRANCK MENÉNDEZ. Pero también daba clases más convencionales.

—GUSTAVO BUENO. Sí, las de sexto curso eran convencionales, claro.

—MARINO PÉREZ. El COU entonces, al menos cuando se implantó, que fue lo que nos tocó a nosotros, era muy interactivo, muy participativo.

—FRANCK MENÉNDEZ. La verdad es que don Pedro impartía clases en cualquier sitio. Y siempre sin ni siquiera un átomo de pedantería.

—MARINO PÉREZ. Ponía al estudiante en una posición alta, por encima de lo que en realidad estaba, y así lograba establecer una relación mutua alta.

—FRANCK MENÉNDEZ. En los debates de la Alianza siempre tenía la palabra adecuada. Era muy amable, salvo con los engreídos.

—GUSTAVO BUENO. Sí, era una persona muy pacífica, pero también era capaz de ponerse violento. Recuerdo que estando en COU hicimos una huelga. Y de pronto se quemó la sala de profesores. La Policía les quería echar la culpa a los estudiantes, y don Pedro, indignado, les hizo frente. Al final se demostró que era cosa de un tipo raro que no tenía nada que ver con la huelga.

—MARINO PÉREZ. Yo llegué al Alfonso II desde Luarca. Le comenté a don Pedro que me habían echado del Seminario. «Eso es algo honorífico», me contestó. De esa forma me dio una clave para una relación que fue más allá de la superficial entre un profesor y un alumno.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Nos tenía en una altísima consideración a los alumnos. El nivel que establecía servía para darnos confianza. Nos hablaba de Fernando Vela, por ejemplo, cuando nunca se lo citaba en el contexto de una clase de Bachillerato.

—FRANCK MENÉNDEZ. Me descubrió a Juan Rulfo cuando nadie lo citaba, cuando nadie había leído «Pedro Páramo». En una ocasión me dijo que desconfiase por sistema de todo lo que pareciese evidente. Una opinión, un consejo, muy certero.

—GUSTAVO BUENO. Era un profesor adecuado para el Instituto Alfonso II de aquel tiempo. En otro instituto quizá no hubiese funcionado. Era elitista, tenía un sentido elitista en el correcto sentido del término y sabía que podía mantener ese estilo en aquel instituto. Por ejemplo, y como anécdota, muchos de sus alumnos empezaron a fumar en pipa como él.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Se vendieron muchas pipas por entonces.

—GUSTAVO BUENO. Recuerdo paseando por el Campo San Francisco a varios alumnos todos fumando en pipa. Todos imitando a don Pedro. Yo la verdad, no. Nunca fumé. También influyó en muchos alumnos orientándolos a estudiar filosofía. Algunos se han hecho después elitistas sin razones para eso.

—MARINO PÉREZ. Según Alberto Hidalgo, don Pedro influyó en mí en el interés que tengo por la cultura moderna y el modernismo y la forma de abordarlos en los estudios de Psicología.

—GUSTAVO BUENO. Muy posiblemente.

—MARINO PÉREZ. Y también con seguridad en el interés por Ortega. Empecé a leerlo a partir de las orientaciones y recomendaciones de don Pedro. Infundía una atmósfera orteguiana, lo presentaba como algo muy cercano.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Hablaba de Ortega como de un amigo.

—GUSTAVO BUENO. Los temas que se trataban en su entorno no eran frecuentes. Marino, tú escribiste una vez en una publicación del instituto un artículo sobre drogas, algo que entonces apenas se trataba.

—FRANCK MENÉNDEZ. El prestigio de don Pedro en Oviedo era enorme. Cuando Juan Benito y yo creamos la Alianza Francesa nos pidieron que propusiésemos un presidente. Dijimos que don Pedro y en seguida nos contestaron que era perfecto, que no podíamos haber pensado en una persona más adecuada.

—MARINO PÉREZ. Recuerdo una vez que estaba en su casa viendo libros y charlando y don Pedro tenía que dar una conferencia poco después. Estuvo atendiéndome hasta cinco minutos antes de la conferencia. Quedé sorprendido, pensaba que estaría concentrado desde horas antes, pero en absoluto.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Era generosísimo con los libros, era muy generoso prestando libros.

—FRANCK MENÉNDEZ. En una ocasión presentamos una exposición de reproducciones de cuadros de Picasso, la primera que se hacía en Asturias, y don Pedro ofreció cuatro conferencias consecutivas. Asistí a las cuatro y todas las ofreció de memoria y con distintos contenidos. Algo fantástico.

—GUSTAVO BUENO. Fue un gran pedagogo. Una persona verdaderamente clave en la enseñanza, en la pedagogía, en la divulgación de conocimientos, en la influencia de la ciudad.

—FRANCK MENÉNDEZ. Y con una visión universal de las cosas. Trascendía el lugar de nacimiento o las coordenadas propias de nuestra época.

—GUSTAVO BUENO. Doña Clotilde, su esposa, que también era catedrática de Geografía e Historia en el Alfonso II, tenía tanta o más personalidad que don Pedro. Era una persona muy activa e innovadora. La segunda o tercera excursión que se hizo a la cueva de Tito Bustillo la organizó ella.

—FRANCK MENÉNDEZ. Doña Clotilde se transformaba en Gobiendes, allí estaba en su verdadero ambiente.

—LEOPOLDO TOLIVAR. En primer curso de Bachillerato ya nos ponía trabajos y dejaba a los alumnos la iniciativa en la forma de abordarlos. Chiquillos de 10 años. Tenía una personalidad tremenda.

—GUSTAVO BUENO. También organizaba excursiones de todo tipo, por ejemplo al desfiladero de las Xanas y lo hacía todo hasta pagar de su bolsillo los billetes del autobús de los estudiantes.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Algo verdaderamente único.

—FRANCK MENÉNDEZ. Don Pedro fue el primer «Hijo predilecto» de Asturias ya en democracia.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Fue una forma de compensación, porque el PSOE le había propuesto ser senador. A don Pedro eso le hizo mucha ilusión y estaba ya calculando cómo iba a organizar los viajes a Madrid. Tenía entonces 75 años, era cuestión de organizar bien esas cosas. Sin embargo, a la hora de la verdad no le ofrecieron esa posibilidad y todo quedó en nada. Con la medalla, muy merecida por otra parte, lo compensaron algo. Y con la calle que le dio en Oviedo Antonio Masip.

—GUSTAVO BUENO. La cosa se complicó porque era muy crítico con el bable y eso no gustaba. Recuerdo una vez la que se armó en un homenaje.

—LEOPOLDO TOLIVAR. También traía a colación con frecuencia una palabra asturiana.

—MARINO PÉREZ. Como buen orteguiano hacía filosofía de cualquier cosa. En una ocasión, con motivo de una noticia sobre una carga de la Policía contra una manifestación de obreros, empezó a hablar en clase de Bakunin. No sabíamos ni quién era, la clase fue realmente importante.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Desde el punto de vista intelectual, era muy provocador. A mí siempre me estaba diciendo que no estudiase Derecho. En COU me dio a leer a Locke y el trabajo que hice entonces me sirvió para la memoria de la cátedra. Insistía en los aspectos filosóficos de Locke frente a los jurídicos para reorientar mis inclinaciones. Lo mismo me hizo posteriormente con Fichte. Años después todavía me dijo una vez cómo era posible que no estudiase filosofía.

—GUSTAVO BUENO. Para entender su actitud vital es necesario recordar que prácticamente era ciego y que tenía un carácter introvertido.

—LEOPOLDO TOLIVAR. Una vez en clase estaban unos jugando al tute y al lanzar una carta con fuerza se oyó el correspondiente e inequívoco ruido. Don Pedro estaba ciego, pero no sordo, así que dijo «¿quién está jugando a las cartas?». Se levantaron los cuatro y entonces dijo «o sea, que son dos». Bueno, pues aun con la risa que se armó, los cuatro quedaron avergonzados. Le teníamos mucho respeto.

—MARINO PÉREZ. Cuando en 1972 salió la «Historia de la filosofía» de López Quintás le comenté que dedicaba más páginas a Fernández de la Mora que a Ortega y me contestó «qué horror».

—FRANCK MENÉNDEZ. Tenía atragantado a Fernández de la Mora. Por cierto que hay que decir que estimulaba mucho a los pintores y a los jóvenes en general.

—GUSTAVO BUENO. Le cayó encima el sambenito de ser discípulo de Ortega. Eso no se lo perdonaron los enemigos de Ortega, especialmente la Iglesia.

—MARINO PÉREZ. Quizás el entierro de don Pedro haya sido el único al que fui sin conocer a nadie, sólo a la persona que había muerto. Fui sin más, era algo necesario.


Viernes, 15 de marzo de 2002
La Nueva España
Sociedad y Cultura
páginas 62-63

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