as.filosofia.net Juan Vázquez de Mella 1861-1928

Juan Vázquez de Mella

Juan Vázquez de Mella Político integrista y filósofo católico nacido en Asturias, autor del libro Filosofía de la Eucaristía. Hijo de Juan Antonio Vázquez de Mella Varela, teniente coronel retirado (natural de Boimorto, La Coruña) y de Teresa Fanjul (oriunda de Amieva), Juan Vázquez de Mella Fanjul nació en Cangas de Onís el día 8 de junio de 1861. Estudió en el Seminario de Valdediós y la carrera de Derecho en Santiago de Compostela. De elocuente palabra, portentosa memoria y brillante capacidad para la oratoria y la política, abrazó la causa del carlismo. Diputado a las Cortes Españolas desde 1893 hasta 1916, elegido como su representante en el Congreso por los distritos de Aoiz, Estella y varias veces por Pamplona. Cuando presentó su candidatura a Diputado por Oviedo fue derrotado por la coalición que reformistas y socialistas presentaron contra los conservadores. Además de memorables discursos en las Cortes es famoso el que pronunció en los Juegos Florales de Sevilla en 1906: El escepticismo y el egoísmo son los dos males que imperan en nuestro siglo, y la Iglesia es la única que puede curarlos. Vázquez de Mella era germanófilo, y esta debilidad por lo alemán le condujo a una sonada separación con don Jaime, que además de pretendiente a la corona era aliadófilo, perdiendo así la causa legitimista al que había sido su más famoso propagandista. Don Jaime, que había estado confinado por los austriacos en su castillo cercano a Viena, publicó en 1918 un Manifiesto dirigido a los tradicionalistas españoles desautorizando a los que hubiesen exteriorizado sus sentimientos germanófilos: Vázquez de Mella se opuso al documento y de ese cisma se produjo la escisión que le llevó a fundar el Partido Tradicionalista, cuyo primer acto público se celebró en el Casino de Archanda el 11 de agosto de 1918. A principios de 1925 sufrió Mella la amputación de una pierna, y su muerte en Madrid, el 26 de febrero de 1928, fue considerada como un duelo nacional. Sus discursos y artículos periodísticos ocupan varios volúmenes, a lo largo de los cuales pueden espigarse las ideas filosóficas que animaron su activismo ideológico político. Muy poco antes de su muerte apareció publicado su libro Filosofía de la Eucaristía (Eugenio Subirana, Editor Pontificio, Barcelona 1928, 172 págs.): el imprimatur del Obispo de Barcelona lleva fecha de 1 de diciembre de 1927, y un mes antes de morir, ya pudo dedicar un ejemplar (el 26 de enero de 1928) al General Martínez Anido: «A mi ilustre amigo... va dedicado este ensayo filosófico sobre el más profundo y elevado de los misterios, deseándole muchos años de ventura para que continúe siendo el sostén del orden social en España.»

Juan Vázquez de Mella Filosofía de la EucaristíaFilosofía de la Eucaristía se presenta como adelanto de una obra que Mella no pudo llegar a culminar, Filosofía de la Teología, y se publicó con ocasión del Congreso Eucarístico de Chicago. Los prelados españoles que viajaron a bordo del Aquitania para poder asistir a tan católica asamblea, pudieron leer mientras cruzaban el Atlántico un primer ejemplar impreso en maquinilla, y el propio Cardenal Primado, el Eminentísimo Cardenal Reig, nada más tomar tierra en Nueva York, escribió a Vázquez de Mella una carta en la que le asegura que «la mayor representación de España en el Congreso será su trabajo». No era la primera vez que el apologista asturiano trataba la cuestión eucarística: ya en el Congreso Internacional Eucarístico de Madrid (en 1911) había pronunciado un discurso sobre estos asuntos. En el libro Filosofía de la Eucaristía se retoma una vez más, en fecha tan tardía como 1928, el intrincado problema de la hostia, desesperado intento de intentar armonizar las añejas teorías sobre la sustancia, la materia y la forma, de corte aristotélico tomista, con la ciencia física. Como muestra del grado de especulación en el que se movía este autor, angustiado por la voluntad de convertir a la filosofía en sierva de la teología y de la revelación, sirva la transcripción del Epílogo de su libro:

  «Síntesis de las razones expuestas en este estudio:
  De la ley de permanencia y del hecho del cambio, a la substancia y al accidente; de la refutación de la unidad panteísta de la substancia, a la variedad y la jerarquía; de la conservación de ella al ser sobresubstancial; de su naturaleza a la prueba de la creación; de ésta a las relaciones de las substancias entre sí y con los accidentes; de las relaciones sobrenaturales con Dios-Creador a la separación de accidentes; de ésta a las conversiones naturales y sus leyes; de ésta a la conversión sobrenatural y transubstanciación.
  Relaciones sobrenaturales con el Verbo. De la inseparabilidad de las dos naturalezas a la permanencia en el mundo, y de ésta a la inextensión y la presencia real; de la misma inseparabilidad a la primacía universal de Cristo, y de ésta a la ubicuidad relativa, y de ella a la multilocación.
  De las relaciones que deben existir entre la esencia de las substancias materiales y la Omnipotencia divina, a la falta de lógica de las objeciones.
  De los tres grupos de relaciones, a la Eucaristía como síntesis de ellas, de los misterios y de los milagros; de aquí a la Eucaristía como fin de la Creación y sacrificio único.
  De los efectos de la Eucaristía en nosotros, y fuera de nosotros, como hecho social continuo, a la prueba psicológica y la histórica.» (págs. 155-156)

Sucede que los católicos, o seguidores de la Iglesia de Roma, el grupo más numeroso (varios cientos de millones de personas en la actualidad) de los cristianos, dentro de la ceremonia que denominan misa (sus sacerdotes deben realizar tal ceremonia a diario, los seguidores como mínimo deben asistir a la misma una vez cada semana y en otros días señalados dentro de un ciclo anual), sitúan el momento culminante en lo que llaman eucaristía y consagración, ciertas operaciones que realiza el oficiante al manipular cuidadosamente pequeñas cantidades de vino y unas tortitas de harina de trigo (la extensión de tales prácticas a lugares donde no conocían esta gramínea ha llevado a una discutida sustitución por otras harinas). Tras esas manipulaciones quirúrgicas, que van acompañadas por el recitado de determinadas fórmulas a cargo del que ejecuta la ceremonia (tiene que ser necesariamente un varón, capacitado tras varios años de iniciación), observadas en silencio por los creyentes, aseguran los católicos que, aunque aparente lo contrario, ya no hay allí vino y pan, sino que lo que parece vino es sangre de Cristo y lo que parece pan es cuerpo de Cristo. Llaman transubstanciación a esa supuesta transformación, de la que obtienen la hostia, que también dicen forma consagrada (es evidente que no hay manera positiva de distinguir una hostia de una forma sin consagrar). Los seguidores de esta iglesia deben comer una de esas hostias como mínimo una vez al año, y como creen que lo que comen no es pan sino el mismo cuerpo de Cristo, algunos autores han señalado que esta práctica puede ser considerada, de forma coherente a sus creencias, como una suerte de canibalismo. Antes de realizar esta práctica deben haberse sometido a un proceso de purificación, que creen alcanzar tras detallar a uno de sus sacerdotes, especialmente habilitado, todos los pecados que han cometido, en otra ceremonia que denominan confesión auricular, y someterse a una penitencia.

Los problemas de la hostia tienen que ver con la dificultad (en realidad imposibilidad) de entender racionalmente esos procesos materiales que, según sus practicantes, tendrían lugar durante tales prácticas. Santo Tomás trató en el siglo XIII ampliamente la cuestión, que fue muy discutida ante las dificultades aireadas por algunos de los escindidos en la llamada reforma protestante y por la crítica racionalista. El Concilio de Trento, que señaló la ortodoxia católica desde mediados del siglo XVI hasta bien avanzado el siglo XIX, definió estos asuntos de forma dogmática. Mella, que aunque católico, no tenía capacidad para realizar esas ceremonias, pues no era sacerdote o presbítero, presenta los problemas filosóficos abiertos por estas creencias de la siguiente manera:

  «El Concilio de Trento resume y define el dogma eucarístico en dos Cánones (el 2 y el 4 de la Sesión XIII). Basta copiar el segundo, que viene a compendiar los dos: «Si alguno dijere que en el Sacrosanto Sacramento de la Eucaristía queda la substancia del pan y del vino juntamente con el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo y de toda la substancia del vino en la Sangre, por la cual quedan del pan y del vino tan sólo las especies: conversión a la que la Iglesia Católica, y por cierto con mucha propiedad, llama transubstanciación: sea anatema.» (1. La Iglesia empleó con preferencia especies a accidentes, pero pueden considerarse como sinónimos, según se ve en la condenación de Wicleff, que empleó los segundos.).
  No se puede expresar con más claridad la fórmula dogmática, pues hasta la estudiada repetición de las palabras pesadas y medidas evita toda confusión.
  Cuatro son las proposiciones que contiene:
  La conversión es singular y maravillosa, es decir, única y sobrenatural.
  No existe la substancia del pan y el vino juntamente con la del Cuerpo y Sangre de Jesucristo en la Eucaristía.
  Del pan y el vino tan sólo quedan las especies (manentibus dumtaxat speciebus).
  Conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo y de toda la substancia del vino en la Sangre de Cristo.
  Si no existe en la Eucaristía la substancia inferior y de ella sólo quedan los accidentes o especies, cómo puede verificarse la conversión total de la substancia del pan y el vino en la superior del Cuerpo de Cristo?
  Un trilema disipa las contradicciones que imagina la sutileza heterodoxa. No caben más que tres asertos, prescindiendo del sentido figurado y analógico, para interpretar la conversión total.
  Primero: El Cuerpo de Cristo se hace de la substancia del pan y del vino.
  Segundo: El pan y el vino se hacen substancia del Cuerpo de Cristo.
  Tercero: El pan y el vino desaparecen y el Cuerpo de Cristo aparece, y lo que antes existía se cambia en la substancia superior que la sustituye.
  El primer aserto, que no han faltado algunos que lo sostuvieren, supone que el Cuerpo de Cristo es en gran parte creado, y destruye su unidad e identidad, pues el nuevamente producido será diferente del que preexistía.
  En el segundo, la substancia del Cuerpo de Cristo es acrecentada y alterada; niega los tres axiomas teológicos, porque la conversión sería natural, destruiría la unidad y la inalterabilidad del Cuerpo y hasta variaría la unión hipostática al variar un elemento de la naturaleza humana.
  El tercero se conforma con los axiomas teológicos. La conversión es sobrenatural, y en nada se menoscaba la unidad inalterable del Cuerpo de Cristo. Hay un cambio total de substancias; la que existía desaparece en otra, el Cuerpo que la sustituye.
  Acostumbrados a la sustitución simple, parcial y sucesiva de las conversiones naturales entre substancias que siguen de alguna manera existiendo, necesitamos elevarnos sobre ella para comprender esta doble sustitución instantánea entre dos substancias de las cuales sólo una persiste.
  No hay conversión sobrenatural sin sustitución, porque no existe sin separación de accidentes, y ésta ya supone la sustitución de la substancia por la acción divina; de modo que hay que admitirla, cuando menos, a medias, y entonces no es total.
  No ya un cristiano, ningún filósofo teísta puede negar a Dios, sin hacerse ateo, el poder de sustituir una substancia con otra bajo los accidentes de la primera.
  Pero la substancia sustituída para mantener los accidentes, o carece de realidad o conserva alguna. Si no la conserva, no puede convertirse en nada, y si la conserva, o coexistirá con la otra o se transfundirá en ella. En el primer caso, después de la aparición de la primera, es decir, después de la Consagración, quedaría algo, además de los accidentes separados, lo que es contrario al dogma; en el segundo caso, si se transfunde, habrá algo en el Cuerpo de Cristo que antes no existía, y se vulnerará también el dogma.
  Luego es necesario que desaparezca la substancia inferior sin incorporación a la superior.
  Esto supone esta consecuencia, que desaparezca totalmente por una doble sustitución, la de su acción para mantener los accidentes y la de su entidad, si queda alguna después de la separación.» (págs. 68-72.)

Filosofía de la Eucaristía es libro que debiera ser estudiado por tantos profesores de filosofía, clérigos rebotados en su mayor parte, que defienden posiciones agnósticas de creyentes vergonzantes, pues puede servirles para probar, si es que pueden y lo entienden, ese cómodo eclecticismo escéptico en que se cobijan. Pudiera creerse que el libro de Mella no ha sido reeditado y que permanece en el más absoluto de los olvidos, pero no es así. El Círculo Cultural Vázquez de Mella de Gijón preparó una edición facsimilar de esta obra para celebrar la primera visita de un papa a tierra asturiana. En efecto, en agosto de 1989 el Papa Juan Pablo II recibió un ejemplar cuidadosamente encuadernado de la Filosofía de la Eucaristía [detalle del que nos ha informado amablemente el señor Luis Infante, vinculado a esa institución y cuidadoso guardián de la memoria de Mella].


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