| as.filosofia.net | Zeferino González 1831-1894 |
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batió la multitud sin ley ni freno, que invencible creyéndose seguía las banderas del bárbaro agareno, como rayo de luna, que en la umbría selva derrama su fulgor sereno, se levanta otro sabio que su gloria ha de legar del mundo a la memoria.» Santo Tomás y el siglo XIX, pg. 93) «No habría necesidad de escribir su nombre, está en labios de todos; todos se me anticipan a expresarle: es doctor, académico; Obispo, Arzobispo, Purpurado, eminente filósofo, reflejo del Angel de las Escuelas; y lo que acaso es más raro todavía, escritor de formas cicerónicas, con arranques oratorios y, pudiera decirse, tribunicios; en una palabra: es el P. Zeferino González. Esta lumbrera del saber nació en un pintoresco valle de Asturias, de esos que parece obligan al hombre a mirar al cielo» El emmo. y rmo. P. Fr. Zeferino González, pg. 37) Ceñido de altas sierras que su corona son; Recinto delicioso de ambiente perfumado Que esconde sus tesoros á orillas del Nalón: Oscuro, débil niño, en cuya frente oscila Del génio, sacra llama, palpita de placer, En la empinada cúspide clavada la pupila, El claro sol naciente contempla aparecer.» La gloria de mis montañas, pg. 159) «Allá, señores, en aquella tierra clásica de la nobleza y la hidalguía, donde levantara Pelayo sus pendones para libertar a la patria del ominoso yugo sarraceno, fué donde el sabio P. Zeferino González en una infancia humilde y modesta pasada con la inocencia que respiran las riberas del Nalón y los humildes y pintorescos valles de Villoria, echó los cimientos de una humildad y una modestia que, si en todo hombre cuadra bien, en una persona religiosa es su mejor decoro y ornamento y que al P. Zeferino le ha levantado por extraordinaria manera, haciéndole querido y muy amado de todos los que de cerca han tenido la dicha de poder pesar y apreciar los quilates de su virtud y natural modestia.» Elogio del Emmo. Sr. Cardenal González, pg. 60) «¡Quién al visitar el modesto albergue de la familia del P. Zeferino, enclavado en el fondo de un oscuro valle y en la aldea más ignorada del Concejo de Laviana, al verle ya correr entre los frondosos castaños en esa dichosa edad de la infancia, ya vistiendo el tosco sayal de novicio, ya profeso en el Colegio de Ocaña, había de pensar que los ejércitos le presentarían armas a su paso, las banderas habían de saludarle, y las bandas militares batirían marcha al advertir su presencia! Apuntes biográficos, pg. 198) Los padres de nuestro filósofo, Manuel González González y Teresa Diaz Tuñón, dieron a la Iglesia a varios de sus hijos: el dominico José Ramón González Diaz Tuñón (nacido en Soto de Aller en 1820 y con un curso biográfico similar al que seguiría su hermano pequeño: tomó el habito en Ocaña en 1841 y fué profesor de Filosofía en Manila desde 1847, donde en 1878 llegó a prior de la provincia dominicana de Filipinas, muriendo víctima de un ataque de perlesía el 15 de abril de 1880), el sacerdote Atanasio González Diaz Tuñón (que habiendo estudiado en el Seminario de Oviedo, murió el dia 4 de marzo de 1894, meses antes que su hermano el Cardenal, como Canónigo de la Metropolitana de Sevilla, tras haber acompañado a este tanto en Córdoba como en Toledo y Sevilla). Si hubieramos de hacer caso al biógrafo Martínez Nubla, habría sido Fray Zeferino, quién «muy niño aún, acudió a sus padres en demanda de licencia para vestir el hábito de los hijos de Santo Domingo produciendo quizás por primera y única vez un dolor, él, que despues ha sido bálsamo y consuelo de tantos otros» (pág. 199), como siguiendo, al parecer, algún impulso innato que le hiciera preferir esa religión a otra. Más facil se hace entender que su hermano José Ramón, que cuando Zeferino tenía diez años ya había tomado el hábito en Ocaña, fuese quién más cercanamente influyese para arrastrar a su hermano al toledano convento de misioneros dominicos, donde fué admitido, por el P. Orge, el 28 de noviembre de 1844. Juán Alvarez Guerra ha recreado con lirismo insuperable la escena: «En tarde otoñal, mediado crepúsculo, y lugar agreste y montañoso, se ve en una eminencia un grupo compuesto de tres seres. Una mujer, un anciano y un niño. El anciano se muestra adusto, la mujer acongojada, y el niño resuelto. A sus piés se extiende un camino, a la derecha se alza una tosca cruz, que vela a la entrada de un espeso robledal; queda a la espalda, en profundo valle, pequeño caserío, y corre a su izquierda murmurante rio que va a verter sus aguas en el más bravío de los mares; cerrando todo aquel cuadro abruptas montañas coronadas de castaños, robles y avellanos. Aquellas montañas guardan la primera hoja de la grandiosa epopeya de nuestra reconquista; el caserío, es la Villoria de San Nicolás; el rio, el Nalón; y el camino a que da sombra la cruz, el que dirige a las dos Castillas. Mientras hemos descrito el paisaje, el niño y el anciano, están para perderse entre la espesura. La mujer se apoya en los brazos de la cruz para no caer... ¡Ya apenas los divisa! ¡Ya van a desaparecer! En aquel supremo instante lanzó un grito intenso, amargo, desgarrador, grito de madre que se separa del hijo de sus entrañas quizás para siempre. ¡Adios Zeferino, hijo mio, que la Virgen te acompañe! Estas palabras vertieron sus lábios en un grito de dolor al par que asomaba a sus ojos una ardiente lágrima, que orearon las vespertinas brisas de aquella tarde de otoño. El niño que se alejaba acompañado de su padre, no tenía trece años: se llamaba Zeferino González y Diaz Tuñón, y se dirigía a Ocaña para vestir el hábito del misionero. La mujer que en la eminencia quedaba cayó desfallecida al pié de la cruz.» (Dos lágrimas, pgs. 177-178). La delicada situación político social que se produjo en 1848, como reflejo de los procesos revolucionarios de febrero en Francia, aconsejó apresurar la marcha para las misiones de los jóvenes dominicos que se formaban en Ocaña, entre ellos Fray Zeferino. Formaban la misión LXXIV, de 1849, que se embarcó en Cádiz en la fragata española Fama Cubana el 5 de junio de 1848 (pueden leerse los cursos biográficos de los componentes de esta misión en el libro de Hilario Maria Ocio Viana, Compendio de la reseña biográfica de los religiosos de la Provincia del Santísimo Rosario de Filipinas, Manila 1895). El viaje fué muy accidentado, pues una fuerte tempestad maltrató la nave, que logró llegar tras muchos padecimientos a Rio de Janeiro, desde donde, a bordo de un buque inglés (donde no había de faltar un incendio y un motín) retomaron el viaje a Manila, donde llegaron ocho meses despues de abandonar España, el 9 de febrero de 1849 Al llegar a Manila, Fray Zeferino era un simple acólito de dieciocho años que había estudiado tres años de Filosofía y debía continuar sus estudios. Los terminó mientras desempeñaba en el Colegio de Santo Tomás el cargo de Lector de Humanidades, ocupación que se le encomendó el 23 de Mayo de 1851. En junio de 1853 se le nombra Lector de Filosofía, cargo en el que le confirma el Capítulo de la Orden de 1855, añadiéndole el Vice-Rectorado del Colegio. En enero de 1854 había sido ordenado Presbítero, expuesto poco después como Confesor. En 1857 están datados sus dos primeros trabajos publicados. Es interesante advertir que estas dos primeras publicaciones no tienen un carácter filosófico, sino que corresponden a las ciencias naturales: Los temblores de tierra y La electricidad atmosférica. A finales de ese año, pronto a cumplir los 28 años de edad, fué asignado como enfermo a San Carlos, en la provincia de Pangasinán, a unos 500 kms. al norte de Manila, en la misma isla de Luzón. El delicado estado de su salud había desaconsejado a los responsables de la Orden acceder a los, al parecer, vehementes deseos de Fray Zeferino de convertirse en un misionero de hecho en lugares más comprometidos, en Ton-Kin, donde varios de sus hermanos de religión estaban alcanzando el martirio por su ansia evangelizadora. Pero no debió detenerse mucho en aquella provincia, pues el Capítulo de 1859 le encomendó una Cátedra de Teología en la Universidad de Santo Tomás de Manila. La «delicada constitución del P. Zeferino» (en expresión de Pidal, quién sitúa los comienzos de tal debilidad en las circunstancias del accidentado viaje ultramarino a Filipinas) parece que fué responsable de que perdieramos un posible martir misionero pero también de que ganásemos un filósofo. Encargado de la Catedra de Teología de la Universidad de Santo Tomás desde 1859 a 1866 (donde ya había sido lector de Filosofía desde 1853), Fray Zeferino compondrá en Manila su obra doctrinal más solida, los Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás, publicados en Manila en tres volúmenes en 1864. En 1866 es trasladado por su Orden desde Filipinas a España, donde era un desconocido. La 'presentación en Sociedad', en la sociedad madrileña y, por tanto, española, de Fray Zeferino, parece ser que tuvo lugar en el Ateneo al poco de llegar. El Padre Alvarez cuenta el episodio presentando a Fray Zeferino casi como un maletilla que pide una oportunidad arrojándose al ruedo: «Llegado de Manila a Madrid a principios de 1867, se anunció que daría una conferencia filosófica en el Ateneo un joven que entonces empezaba a brillar, y también a malearse, de gran cultura como jurisconsulto, de riqueza de palabras, gracia en el decir, entonación musical en la peroración, todo acompañado de airosa presencia. Habló, en efecto, aquel joven, por nombre Segismundo Moret, expuso ideas no conformes con la filosofía cristiana (que cristiana es la filosofía cuando sirve de lugar teológico para apoyar las verdades del cristianismo). Terminada y aplaudida la conferencia, óyese una voz que dice: 'Pido la palabra'. Fijáronse todos en quien la pedía. Era un sacerdote joven, de aspecto modesto, demacrado de rostro, con ojos de centella, completamente desconocido. Obtenida la venia habló aquel sacerdote. Sus palabras despedían luz, su lenguaje era sentencioso, sus razonamientos eran tenazas que no dejaban evasiva, y rebatió no pocas de las que acababan de recibir aplausos. La verdad triunfó en los ánimos, y cuando ansiosos se preguntaban los concurrentes quién era aquel aparecido, un joven valenciano, clásico y brillante literario, dijo: 'Es un fraile dominico que se llama Fray Ceferino González'. Era aquel valenciano joven Enrique Villarsaya, gran literato, que después fue diputado y senador del reino» (Alvarez, III, 813-814). Fray Zeferino, en Madrid, no cesará su actividad docente. Se ha llegado a hablar de un «grupo de la Pasión» (nombre de la calle donde se encontraba el convento madrileño de la provincia dominica de misioneros, calle que actualmente lleva precisamente el nombre de Fray Zeferino), para designar a un conjunto de 'civiles' que participaron en una serie de reuniones filosóficas que se organizarón en torno al asturiano recién llegado de ultramar y que habían de prolongarse un tiempo. Sin duda el discípulo más fiel y la personalidad más influyente que Fray Zeferino tuvo ocasión de conformar fué Alejandro Pidal y Mon (quién, nacido en 1846, patrocinó la edición, en 1873, cuando tenía 26 años, de los dos volúmenes que recogían una miscelanea de artículos sueltos de su maestro, los Estudios religiosos, filosóficos, científicos y sociales; dos años antes de que diera a la estampa su propio libro Santo Tomás de Aquino, Madrid 1875, 416 pgs., donde abundan las referencias a Fray Zeferino). El propio Pidal y Mon escribía en aquellos años, en 1874, y en un artículo titulado precisamente «El filósofo español Fray Zeferino González» publicado en La Defensa de la Sociedad (20 febrero 1874, nº 69, pg 579-580): «Mientras en este trabajo se ocupaba [la preparación de la versión española de su Tratado filosófico, la Filosofía Elemental], pudimos conseguir que algunos dias prescindiese de su exagerada modestia el P. Zeferino, y que en la humilde celda de la calle de la Pasion, donde habita, admitida la renuncia del cargo de Rector del colegio de Ocaña, que desempeñó durante algún tiempo (...) nos expusiese en algunas conferencias los inmortales principios de la filosofía tomista. Así lo hizo, en efecto, tres dias por semana, en que, sin aparato ni ostentación y casi peripatéticamente,, expuso la importante cuestión de las categorías, la admirable teoría de la verdad, la de la razón, y toda la psicología empírica y casi toda la racional, ante un reducido pero atentísimo auditorio, en el que se hallaban jóvenes de talento, periodistas, sacerdotes y títulos de Castilla: recordando entre otros varios a Perez Hernandez, ya bien conocido por su especial talento y afición a los estudios filosóficos, Pagazartundua dado a las artes y a las letras, el marqués de Heredia con su afición a la cienciay a la literatura, el poeta y periodista Melgar, el conocido publicista Perier, el conde de Llobregat, discípulo en Francia del R. P. Gratry y ahora del P. Zeferino en España, y otros jóvenes entre los que se hallaba el autor de estas líneas, el mas ferviente si bien el menos aprovechado de sus discípulos. Pero cuando se nos presentaban en seductora perspectiva las importantes cuestiones ontológicas, la ciencia médica obligó al padre Zeferino a suspender las conferencias por algún tiempo, atendido el cada vez peor estado de su vista. Ignoramos si la Providencia volverá a reunir a los que acudiamos presurosos a la calle de la Pasión a escuchar las conferencias del P. Zeferino, pero, sea lo que quiera, estamos bien seguros que todos los que a ellas asistieron llevarán siempre en su corazón y en su cabeza impreso el recuerdo de aquellos fugaces instantes, tan útiles y tan queridos, en que, irradiando luz de su altísimo entendimiento, iluminaba los nuestros con la claridad, la precisión y la sencilla elocuencia de sus explicaciones.» Hasta 1874 Fray Zeferino prestó en España distintos servicios a su Orden: de 1868 a 1871 fué Rector del Convento en el que se había formado, el de Ocaña, y de 1871 a 1874 ocupó el puesto de Procurador de la Provincia Dominicana de Filipinas en Madrid. Ya hemos dicho que al año siguiente de su vuelta a la Península publicó la Philosophia elementaria ad usum academicae ac praesertim ecclesiasticae juventutis, opera et studio, Madrid 1868, en dos tomos (a partir de la tercera edición en 1881, se editaron en tres volúmenes). En Ocaña proyectó una Biblioteca de teólogos españoles, y escribió y publicó distintos trabajos de carácter netamente filosófico y crítico, impulsado hasta cierto punto por el empeño que ponía Pidal y Mon en difundir su obra, como La inmortalidad del alma y sus destinos según una teoría krauso-espiritista, La filosofía en la historia, El positivismo materialista o La economía política y el cristianismo. El propio Pidal prologó en 1873 la recopilación de estas obras breves, los Estudios religiosos, filosóficos, científicos y sociales, que aparecieron el mismo año que la edición española de la Filosofía elemental. Fray Zeferino, que ya comenzaba a ser conocido, iba a sufrir los frutos de tal 'popularidad' muy pronto, en la modalidad de obispable. Al convertirse en 1875 en Obispo de Cordoba, a pesar de sus protestas, su actividad intelectual se vió hasta cierto punto resentida. Durante los quince años en que ocupó puestos de responsabilidad en la Iglesia, las ocupaciones pastorales amortiguaron el ritmo de su producción filosófica, reducida casi a la tarea de corregir y actualizar las sucesivas ediciones de sus obras. Tres años despues de ocupar la silla cordobesa vió la luz la obra por la que quizá ha sido y es más conocido Fray Zeferino, la monumental, en términos relativos a la época y a España, Historia de la Filosofía (editada en 1878-79 en tres volúmenes y en 1886 en 4 volúmenes, traducida al francés en 1890). La Historia de la Filosofía de Fray Zeferino representaba la más completa y amplia obra de su género escrita por un español hasta entonces. Se trata de la primera gran historia de la filosofía escrita en español y de la primera gran exposición católica de una Historia de la Filosofía que quería mantenerse en un horizonte filosófico, con pretensiones sistemáticas y críticas. Hoy le faltará sin duda rigor filológico a esta Historia, pero mantiene todo su interés en tanto que verdadera historia filosófica de la filosofía. Ocupó el Obispado de Córdoba durante casi diez años. En ese periodo sus preocupaciones pastorales y sociales fueron notables. Le cabe el mérito de haber sido pionero en la organización de los Círculos Obreros, estructura cuya implantación en España se suele atribuir erroneamente al P. Vicent (ver L. Palacios Bañuelos, Circulos obreros y sindicatos agrarios en Córdoba (1877-1923), Córdoba 1980 y J. Andrés Gallego, «Los círculos de obreros (1864-1887)», en Hispania Sacra 29:1976, 259-310). También fué pionero Fray Zeferino en la acomodación de los Seminarios eclesiásticos a las enseñanzas del bachillerato civil, convirtiendo de hecho los seminarios conciliares en colegios de bachillerato (ver la defensa que Francisco Antonio de Aguilar hace de esta medida tomada en Córdoba, y que creó polémica aunque se extendió por España, en La Cruz, 1877, 2, 371). La labor de un filósofo a la cabeza de un Obispado no podía por menos que causar prevención en elementos del clero mas 'profesionalizados'. Encontramos un testimonio interesantísimo sobre la opinión que en algunos sectores de la Iglesia se tenía de la personalidad del dominico en una carta escrita en el contexto del rumor que en 1881 hacía a Fray Zeferino, entonces Obispo de Córdoba, candidato a ocupar la sede arzobispal vacante de Zaragoza tras el fallecimiento del Cardenal García Gil: en esa carta, escrita el 13 de mayo de 1881 por el jesuita Vigordan al P. Costa, a propósito del edificio que los jesuitas proyectaban construir en Zaragoza en relación con la vacante arzobispal, se dice que 'sería una calamidad para nosotros y también para la diócesis' que fuera nombrado Arzobispo Fray Zeferino (Archivo de Roma, SI, Litt. Ass. Hisp. Arag.; apud Manuel Revuelta González, S.J. La Compañía de Jesús en la España Contemporanea. Tomo 1: Supresión y reinstalación (1868-1883). Universidad Pontificia de Comillas, Madrid 1984, pg. 1005, nota 36.). En 1883 Fray Zeferino es preconizado Arzobispo de Sevilla, siendo creado Cardenal al año siguiente, el 10 de noviembre de 1884, por León XIII, con el título de Santa María supra Minervam. Quizá fué en Manila donde causó un mayor impacto la noticia de la elevación de Fray Zeferino al Cardenalato. La Universidad de Santo Tomás de Manila se volcó en organizar un Certamen científico literario y distintas veladas del 5 al 8 de marzo de 1885 (que tuvieron su reflejo después en un libro de 354 pgs., donde incluso se publica el texto y la música de una Cantata en su honor para coro a dos voces y solo). En pleno ascenso jerárquico es promovido inmediatamente, en 1885, a Toledo, siendo el primero en haber ostentado la Sede Primada junto a la dignidad de Patriarca de las Indias (dignidad que era fruto de lo acordado en 1885 entre la Santa Sede y Alfonso XII). Pero el filósofo dominico, que como hombre de Iglesia es celoso organizador y pulcro administrador, se enfrenta con el aparato clerical toledano y prefiere en 1886 dejar el arzobispado de Toledo y volver al de Sevilla. El 30 de diciembre de 1889 se anunció su renuncia definitiva al Arzobispado hispalense, alcanzando, sin haber cumplido los sesenta años, la situación prematura de retirado. Tras su renuncia a la archidiócesis sevillana continuó viviendo un tiempo en esa ciudad, donde publicó su última gran obra (la más reciente en el tiempo pero quizá la que primero quedó anticuada), La Biblia y la Ciencia. Un cáncer de maxilar mortificó los últimos meses de su vida al sufrir grandes dolores y no poder contar con gran auxilio por parte de la medicina (a pesar de la operación a la que se sometió en Alemania). Durante estos últimos meses las noticias del avance de la enfermedad fueron seguidas con especial atención por la prensa nacional, y en particular por la asturiana. Murió el 29 de noviembre de 1894, en la Procuradoría de los dominicos misioneros en Madrid, en la calle de la Pasión. Las ceremonias celebradas con ocasión de su entierro fueron acordes al gran prestigio, respeto y admiración, que su figura y su obra lograron alcanzar. Fué enterrado en Ocaña, pero hoy en dia no se conservan más que fragmentos de la lápida del rico mausoleo que se levantó para guardar sus restos: tan magnífico era el monumento funerario que, en la agitación natural de nuestra última Guerra Civil, fué dinamitado, se supone que para recuperar supuestos tesoros. Bibliografía de Zeferino González
1857
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